sábado, abril 11Hola Cañuelas

cómo es el histórico circuito de Rosario que brilla con arquitectura y gastronomía



El visitante desprevenido que ingresa a Rosario desde el sur corre el riesgo de darse por satisfecho con las imágenes de las mansiones que engalanan el bulevar Oroño una vez traspuesto el Parque Independencia rumbo a la costa del Paraná.

En ese encantador paseo de más de quince cuadras, donde es frecuente quedar perplejo ante el diseño de las casonas, edificios históricos y las esculturas del cantero central, palmeras, bancos y farolas que remiten a la opulencia de la aristocracia de principios del siglo XX, los turistas también son atraídos por heladerías, bares y restaurantes sostenidos por las especialidades de reconocidos chefs.

Pero ese armónico conjunto urbano es apenas un botón de muestra, la vía más directa para descubrir en el Paseo del Siglo mucho más de la impronta de lujo y opulencia que dejó la elite rosarina desde una época de esplendor ya lejana.

Para arrancar este recorrido que sugiere una ordenanza municipal sancionada en 1991 es conveniente establecer el punto de partida en la esquina de Oroño y Córdoba, frente a la obra en bronce “La Libertad República”.

La pieza realizada en 1910 por los escultores italianos Luis Fontana y Juan Scarabelli -como un módico homenaje a la gesta criolla de la Revolución de Mayo- propone una forma posible de dejarse llevar por el vasto muestrario de estilos y detalles desplegados por virtuosos artistas y arquitectos, mechado con comercios y empresas de todos los rubros posibles, a lo largo de siete cuadras de Córdoba hasta el cruce con la calle Paraguay.

Rasgos neogóticos y renacentistas conviven en las fachadas de los edificios más vistosos con líneas clásicas, art nouveau, barroco francés y formas expresionistas de la escuela alemana.

Mientras aparecen en escena las estilizadas cúpulas de la Bolsa de Comercio y de la antigua tienda La Favorita, la estatua “Las mellizas” que corona el Edificio Minetti, el semblante moderno de la Biblioteca Argentina Juan Álvarez o las clásicas columnas y balcones de la Escuela Normal Nº 2 -una reliquia de 1925 declarada “Monumento Histórico Nacional-, no resulta nada sencillo imaginar que aquí mismo florecía el bucólico paisaje que, en 1689, empezó a borronear apenas el Pago de los Arroyos.

Incluso más de un siglo después, en 1823, cuando ese primer antecedente poblacional fue rebautizado “Ilustre y fiel Villa del Rosario” por la Legislatura de Santa Fe, el lugar seguía siendo un páramo, en el que se tornaba una utopía vislumbrar un futuro auspicioso.

Sin embargo, la suerte iba a adoptar otra cara a partir de la llegada masiva de inmigrantes de origen diverso, a fines del siglo XIX.

A tal punto fue el impacto sobre la atmósfera semirrural que imperaba hasta entonces, que la documentada conexión de la ciudad actual con el incipiente caserío se esboza mejor solo allí donde se despeja levemente la larga secuencia edilicia y las plazas San Martín y Pringles otorgan un reparo natural a los caminantes del centro.

Pese a la cercana presencia del río y sus refrescantes brisas, los espacios verdes aparecen como mojones necesarios para tomar respiro.

La plaza San Martín es la versión mejorada de la Plaza de las Carretas del Interior, que había sido creado en un terreno donado en 1871 por el abogado Marcos Paz, quien ocupara el cargo de vicepresidente de la Nación en tiempos del mandato de Bartolomé Mitre.

Después de la pausa, la historia de Rosario contada a través de sus construcciones más emblemáticas es retomada desde los bordes de la plaza por el edificio de estilo ecléctico académico de 1916 que fuera sede de la Jefatura de Policía, el ex Palacio de Justicia (de 1892), reconvertido en Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario, y la casona donde funciona desde 1998 el Museo de la Memoria.

Los aportes de la arquitectura francesa resurgen en el estilo academicista de la mansión que perteneció al empresario italiano José Firpo (en Córdoba 2035, casi esquina Moreno) y vuelven a copar la escena a un par de cuadras, en la sede revestida de líneas neobarrocas del Colegio de Escribanos.

Originalmente, esta finca levantada en Córdoba 1852 albergaba la casa de remates y consignaciones de la firma Echesortu & Casas, aunque llamaba más la atención de los vecinos por sus pisos de brocato francés, los vitrales decorados con motivos florales, una escalera de madera y hierro forjado, el mobiliario y las intrigantes puertas ocultas tapizadas con telas. Una obra de arte mayor concebida por el arquitecto Alejandro Christophersen en 1913.

Tal vez sea la pieza que refleja más acabadamente el pasado esplendoroso de esta ciudad que no registra fundador ni fecha oficial de fundación. Pero conserva con orgullosa actitud aquel destino de grandeza que le confirió Manuel Belgrano en 1812, cuando encabezó la formación de su tropa sobre la barranca del Paraná para izar por primera vez la Bandera. Fue el mojón decisivo de una historia grande.



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