
Un hilo no tan sutil conecta la derrota aplastante de Viktor Orban en Hungría; el fracaso de las negociaciones entre EE.UU. e Irán en Islamabad; la propia guerra y la reacción del establishment europeo celebrando la caída de ese polémico populista y, a la vez, amplificando el alejamiento del liderazgo anárquico del mandatario de EE.UU., Donald Trump.
El derrumbe de Orban está cargado de símbolos. Su principal valor histórico revela el probable final de una etapa junto a otros procesos de pulso similar contra las ultraderechas i-liberales en Francia, Italia, Holanda, España y Dinamarca. Al mismo tiempo podría anticipar lo que sucederá en EE.UU. en las legislativas de noviembre o bien, poco antes, en las elecciones generales de octubre en Israel donde, como Trump, el premier Benjamín Netanyahu también se abrazó al destino y pensamiento ideológico de Orban.
Algunos números sirven para amplificar el cuadro. El premier húngaro perdió por amplios dos dígitos frente al liberal Péter Magyar, que arrebató la mayoría de dos tercios en las Cámaras. Dos dígitos ha sido también el promedio de la ventaja en EE.UU. que sacó la oposición en un puñado de importantes elecciones desde octubre pasado, con la excepción de Nueva York donde Zohran Mamdani lo logró apenas por debajo de los 10 puntos.
Son datos que constatan una masiva presencia de votantes martillando a quienes gobiernan, pero también arrasando para abortar maniobras en las urnas. Un doble aviso a Trump, que impulsó en su país el llamado gerrymandering, una manipulación para disolver los distritos electorales opositores, que también caracterizó el mandato de Orban.
Los procesos en Israel y EE.UU. son, sin embargo, diferentes. Trump es producto de una distorsión, la misma que alimentó la oleada ultra derechista y segregacionista que se extendió por Europa desde el final de la primera década de este siglo. En Israel, esas formaciones integristas tienen otros fundamentos ligados a la propia historia de ese país en su obstinada tarea para impedir el nacimiento del Estado palestino, ausente desde la partición en 1947 de la provincia palestina del Imperio Otomano.
Socios. El presidente norteamericano Donald Trump con el derribado premier húngaro, Viktor Orbán, en noviembre pasado en Washington. Foto ReutersLa distorsión que hizo posible a Trump presidente es una característica de este cuarto de siglo y parte del anterior. Se trata de una aguda concentración del ingreso que se agudizó en los dos gobiernos de George W Bush. Aquel republicano utilizó la autonomía que le brindaba la “guerra” contra el terrorismo tras los atentados del 11 de setiembre de 2001 para reconfigurar su país.
El peligroso manejo del poder
En su primer mandato se produjeron las dos quiebras por entonces mayores del capitalismo: la energética Enron en 2001 y la tecnológica WorldCom en 2002. Ambas producto de estafas a la Bolsa cuya Comisión de Valores la dirigía el abogado Harvey Pitt, un aliado del mandatario que promovía “la creatividad” en las finanzas. No es casual que el gobierno de Bush terminara con el país incendiado en 2008 por el «exceso de creatividad» que supusieron las hipotecas basura que llevaron a la bancarrota a Wall Street superando el récord trágico de aquellas dos empresas.
Esa crisis tuvo ganadores, pero dejó a grandes masas de clase media fuera del camino del reparto. El populismo trumpista es producto de ese disgusto, como lo ha sido Vox en España, AfD en Alemania, el PVV de Geert Wilders en Holanda o Amanecer Dorado en Grecia, entre otros que sufrieron la onda expansiva de la crisis. De esa época es el Brexit, y también la consolidación de Orbán en mayo de 2010 cuando arrancó su segundo mandato con control total del Parlamento para gobernar durante 16 años con un modelo extremista que disolvió los pesos y contrapesos del sistema, prohijando de paso una corrupción y nepotismo sin parangón en la UE.
El problema, como se ve, no es solo cómo estos dirigentes de rancio nacionalismo llegan al poder. Es la forma peligrosa en que lo utilizan. Orban se convirtió en un topo ruso dentro del bloque europeo y un fanático anti inmigrante en un país necesitado del continente y de trabajadores. Trump, del mismo modo proteccionista, crítico del libre comercio y de la multiculturalidad, por el tamaño de su país puso en riesgo el sistema de acumulación del capitalismo, un defecto que comenzó con los aranceles y se disparó a alturas mayores con sus juegos de guerra. A punto tal que el FMI calcula una caída de la economía global este año del 3,4% previsto al 2,5% debido al conflicto en Oriente Medio.
En ese diseño reposa la razón de la ruptura atlántica y la batalla en la superestructura que libran los mayores establishment planetarios. Como ejemplo Francia este 2 de abril se unió a China en el Consejo de Seguridad de la ONU para bloquear la resolución que autorizaba el uso de la fuerza contra Irán. París y Beijing venían coordinando sus pasos en conversaciones de alto nivel desde el 2 de marzo apenas cuatro días luego del estallido de la guerra. Tres semanas después hubo otro contacto relevante entre ambas potencias. París muestra así con mayor audacia lo que el resto de su vecindario ya tomó como regla, desdeñar las amenazas y griterío del jefe de la Casa Blanca y trazar un camino alternativo hasta que se produzca un relevo en EE.UU.
La actual guerra contra la dictadura iraní emerge como un ejemplo central de la distorsión Trump en el tablero del capitalismo mundial. Europa (y China) entiende mayoritariamente que ese conflicto es una aventura, noción que el líder republicano confirma modificando constantemente los motivos de la ofensiva. La ruptura atlántica arrastra, además, un drama previo consistente en la incomprensión por parte de Washington del problema existencial para el bloque que implica la amenaza rusa tras la invasión a Ucrania.
La guerra en Oriente Medio ha agudizado estas diferencias y la desconfianza. En el bloque se asombran por algunas infidencias que llegan desde EE.UU. El portal Politico citó a funcionarios del Pentágono advirtiendo que “Irán no es el final. Es la primera prueba de una reorientación geopolítica más amplia. Estamos reconstruyendo la capacidad de proyectar poder simultáneamente en múltiples escenarios: Eurasia, el Pacífico y Oriente Medio”.
Visiones superficiales
Simpatía. Viktor Orbán y el premier israelí, Benjamín Netanyahu. Foto ReutersLa realidad, sin embargo, desmiente la existencia de una coherencia estratégica. The Economist, vocero de ese establishment, remarcó que lo que en verdad ha revelado el conflicto es “la superficialidad de la visión de Trump para ejercer el poder estadounidense”. Alcanza con observar que envió a su vicepresidente, James Vance, a negociar la paz con Irán, pero sin ayuda diplomática. La discusión que debió durar semanas, se disolvió en menos de un día. Ese fracaso crucial es grave para el régimen cuya economía venía en caída antes de la guerra y ahora es una calamidad con el país semidestruido y su estructura industrial en ruinas. Necesita un acuerdo.
Pero, también, es una muy mala noticia para Trump y su gobierno, enfrentados al riesgo de un reinicio del conflicto que es claro que no puede ganarse sin decenas o cientos de miles de soldados en tierra. Un inesperado Vietnam que irrumpe repentinamente. La preocupación por ese destino aparece detrás de los desprecios irritados del mandatario contra el Papa por condenar la guerra o su proclama insistente de una victoria que no ha conseguido. También, en la decisión contra reloj de repetir en el Golfo el bloqueo naval que practicó en Venezuela, una maniobra que amenaza agravar la crisis global y la doméstica.
A Irán se le reprochaba ese estrangulamiento, pero Trump espera que ahora, causando el mismo daño acentuado, las cosas se inviertan y Teherán retroceda. Irán, por su lado, apuesta a que EE.UU. no podrá tolerar mucho tiempo las consecuencias de esa maniobra. Lo mismo creen las capitales europeas. Esta es la mayor fractura que desnuda esta guerra, exhibiendo limitaciones de la mayor potencia global que nunca debieron ser expuestas. Por eso sobrevuela la posibilidad de una nueva negociación. Tiene sentido. Habrá novedades.
