

Por caminos que piden ir despacio, entre flores, remolinos de tierra y atardeceres rosados, aparece la silueta de la pulpería San Gervasio.
Pero llegar al casco antiguo es parte del viaje, que no tardará en convertirse en una aventura campestre: la ruta provincial 50 va combinando postales verdes hasta alcanzar el límite entre Azul y Tapalqué.
En el paraje Campodónico, a mitad de camino entre Cacharí (31 km) y Tapalqué (23 km), esta pulpería histórica remite a los orígenes de Tapalqué y también la vida rural de otros tiempos.
Sus raíces se remontan a 1850, cuando Manuel Cabral adquirió estas tierras y las bautizó Estancia de la Libertad, nombre que luego cambiaría a Estancia San Gervasio. La pulpería, vinculada a esta estancia, es considerada un lugar fundacional en la zona de Tapalqué y un punto de descanso histórico para los viajeros.
Porque desde aquellos tiempos, este lugar fue elegido por la gente de campo como escenario de anécdotas y punto de encuentro para los quienes estaban de paso y buscaban descansar, intercambiar historias y tomar algo para seguir viaje después.
A 277 km de la Ciudad de Buenos Aires, esta pulpería es testigo del nacimiento de Tapalqué, por lo que con los años se fue transformando en un refugio que atesora la memoria del lugar, un rincón donde la historia y la tradición criolla se encuentran en cada detalle.
Basta con ingresar a San Gervasio para admirar los elementos originales, como el mostrador de estaño, las rejas o las estanterías… Cada detalle es una invitación a viajar en el tiempo hasta mediados del siglo XIX.
El edificio supo ser posta de carretas y diligencias, almacén de ramos generales y pulpería, proveyendo alimentos y materiales de construcción para las primeras edificaciones de la zona.
Hace más de 55 años la pulpería fue adquirida por Edgar Toso y su hermano Aníbal, quienes heredaron la profesión de pulpero de su padre, Don Aníbal, quien llegó al lugar en 1920 para trabajar en la estancia de Esteban Campodónico.
En la actualidad, sigue siendo un lugar de encuentro para los lugareños, mientras sus dueños intentan mantener la originalidad: aún conserva el mostrador de estaño, las rejas de 1850, un aljibe y las estanterías de madera.
Desde el piso hasta el techo y con amplios cajones de madera, antes se colocaban en esos estantes los insumos que se vendían sueltos, como harina y azúcar.
Mientras se esperan las empanadas -una receta que lleva tres generaciones en la familia- y las picadas, un paseo por la pulpería permite detenerse en los detalles que la vuelven única.
El espíritu bien criollo de la pulpería se complementa con los detalles delicados del jardín, colmado de coronas de novia y conejitos rosados.
Al llegar al lugar, el campo infinito se despliega como una postal viva, con las vacas pastando con calma, los árboles añosos con sus ramas cargadas de aves y los caballos de porte elegante.
Sobre los manteles blancos, los cuencos de cerámica anuncian el ritual de la comida, junto con el aroma de las empanadas, la picada y algún postre.
Para quienes andan buscando una experiencia lejos del ruido y al aire libre, escuchando los sonidos de la naturaleza, San Gervasio mantiene vivo el espíritu campestre detrás de los muros y un mostrador que sobrevivieron varias generaciones.
Se trata de animarse a salir a la ruta para hacer un viaje al pasado, para quedarse con ganas de volver.
¡Atención! Se les recomienda a los visitantes contactarse antes de ir, ya que no siempre está abierto. Instagram: @pulperiasangervasio
