

La Provincia de Buenos Aires es sede de un destino particular dentro del turismo en el país. Se trata de un pequeño pueblo donde la naturaleza se mezcla con la misteriosa historia de una iglesia en la que ocurren sucesos difíciles de explicar.
Este lugar se encuentra alejado de los grandes circuitos, por lo que se posiciona como una excelente opción para quienes buscan un destino distinto y vivir experiencias fuera de lo común.
Vivoratá es una localidad que se desarrolló con la llegada del tren a fines del siglo XIX, más precisamente en 1886, lo que impulsó la actividad económica basada en la ganadería y la agricultura. Cuenta con una población reducida que conserva el perfil rural y un ritmo de vida ligado al campo.
Se ubica dentro del partido de Mar Chiquita, a pocos kilómetros de ciudades como Mar del Plata, y se posiciona como un punto estratégico dentro del turismo. El pueblo está a la vera de la Ruta Provincial 2, una de las principales vías de conexión hacia la costa.
Si bien su paisaje, lleno de arroyos y espacios verdes, junto con su oferta gastronómica tradicional, acompaña esta experiencia lejos de la ciudad, Vivoratá también se destaca por uno de sus principales atractivos: la iglesia “La Micaela”.
La construcción se encuentra a las afueras del pueblo y está rodeada de vegetación. Es uno de los puntos más visitados y forma parte de la identidad local debido al interés que generan los relatos sobre sucesos inexplicables que ocurren en ella.
Entre los primeros habitantes que conformaron Vivoratá durante el siglo XIX se encontraba un grupo de productores agroganaderos llegados del Viejo Mundo. Entre ellos estaba Eustaquio Aristizábal, un próspero comerciante oriundo de Navarro, España.
Antes de establecerse en el partido de Mar Chiquita, trabajó como panadero. Una vez instalado, abrió un almacén de ramos generales llamado “La Bilbaína”, junto a su socio José Abásolo.
En 1895, con el dinero que había acumulado, compró una estancia a la que bautizó con el nombre de su esposa, Micaela Ugalde.
Tras la muerte de Aristizábal en 1906, su viuda ordenó construir un templo dentro de la estancia “La Micaela” en su honor. Con la participación de la empresa de Raimundo Sampini, el 22 de marzo de 1911 se inauguró la iglesia bajo la bendición de Monseñor Bourdet.
El edificio era una réplica, en menor escala, de la Catedral de Mar del Plata y se convirtió en el corazón de Vivoratá. Contaba con tres naves, altares laterales y centrales, y una cripta en el subsuelo destinada al matrimonio propietario y a sus familiares.
Micaela Ugalde era considerada el alma de la iglesia. Tras su fallecimiento, el edificio comenzó a deteriorarse y sufrió las consecuencias de una gran inundación que, en 1960, provocó daños estructurales irreparables. Más tarde, los restos de la pareja fueron trasladados al cementerio de Coronel Vidal.
Años después se inauguró la capilla Nuestra Señora de Luján y la iglesia en honor a Aristizábal cerró sus puertas definitivamente.
A partir de entonces comenzaron a circular relatos sobre sucesos inexplicables. En Vivoratá se cuenta que, tras la muerte de Micaela, quienes permanecían en la iglesia por la noche escuchaban voces y gritos cuyo origen no podían identificar. Incluso, este fenómeno habría contribuido al cierre definitivo del templo.
